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jueves, 8 de octubre de 2026

Yamanaka y el rejuvenecimiento celular: la reprogramación epigenética llega a humanos

octubre 08, 2026 0
Yamanaka y el rejuvenecimiento celular: la reprogramación epigenética llega a humanos

 

Rejuvenecer una célula


La técnica inspirada en los factores de Yamanaka ha dado un paso histórico en 2026 con sus primeras pruebas en seres humanos.

Durante siglos, el envejecimiento se ha considerado un proceso inevitable y prácticamente irreversible. Nuestras células envejecen, acumulan alteraciones y poco a poco pierden parte de su capacidad para funcionar y repararse.

Pero una nueva línea de investigación está intentando responder a una pregunta que hasta hace pocos años parecía propia de la ciencia ficción:

¿Es posible hacer que una célula envejecida vuelva parcialmente a un estado más joven sin convertirla en una célula madre ni hacer que pierda su identidad?

Esta tecnología se denomina reprogramación epigenética parcial, y en 2026 ha comenzado a dar el salto desde los experimentos de laboratorio hacia los seres humanos.

Pero para comprender su importancia tenemos que remontarnos al descubrimiento del científico japonés Shinya Yamanaka.

El descubrimiento que cambió nuestra forma de entender las células

En 2006, Shinya Yamanaka y su equipo demostraron que una célula adulta podía ser reprogramada mediante la activación de cuatro factores:

OCT4, SOX2, KLF4 y c-MYC.

Actualmente son conocidos como los factores de Yamanaka, o OSKM por las iniciales de sus nombres.

Utilizando estos factores, los investigadores consiguieron transformar células adultas diferenciadas en células pluripotentes inducidas, conocidas como iPSC.

En términos sencillos, consiguieron hacer algo parecido a devolver una célula adulta hacia un estado mucho más primitivo.

El descubrimiento fue tan importante que Shinya Yamanaka recibió, junto con John B. Gurdon, el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 2012.

Sin embargo, existía un problema.

Rejuvenecer una célula sin borrar su identidad

La reprogramación completa puede hacer que una célula pierda aquello que la convierte en una célula especializada.

Una célula de la piel, por ejemplo, podría dejar de comportarse como una célula de la piel al ser completamente reprogramada.

Además, una reprogramación excesiva presenta importantes riesgos biológicos, entre ellos la posibilidad de producir crecimiento celular descontrolado y tumores.

Los científicos comenzaron entonces a investigar una idea diferente:

activar solamente durante un periodo limitado algunos de estos mecanismos de reprogramación.

El objetivo sería rejuvenecer determinadas características de la célula sin hacerla retroceder completamente hasta un estado pluripotente.

Es lo que conocemos como reprogramación epigenética parcial.

Podríamos compararlo con restaurar un ordenador antiguo.

La reprogramación completa sería equivalente a borrar completamente el disco duro e instalar de nuevo el sistema operativo.

La reprogramación parcial pretende algo diferente: reparar y restaurar determinados componentes del sistema sin borrar la información que permite a la célula saber qué es y qué función debe realizar.

¿Qué tiene que ver la epigenética con nuestra edad?

Nuestro ADN puede imaginarse como un enorme libro de instrucciones.

Pero disponer del libro no significa que todas sus instrucciones estén siendo utilizadas al mismo tiempo.

La epigenética incluye mecanismos que ayudan a controlar qué genes se activan o permanecen silenciados.

Con el envejecimiento, parte de esa regulación cambia.

Por eso, una de las grandes preguntas de la biología moderna es si determinadas características asociadas al envejecimiento celular podrían ser parcialmente reversibles.

Los experimentos realizados durante los últimos años han encontrado indicios de que la reprogramación parcial puede modificar algunos marcadores moleculares asociados a la edad y mejorar determinadas funciones celulares en modelos experimentales.

Eso no significa todavía que sepamos rejuvenecer completamente un organismo.

Pero sí ha sido suficiente para abrir una nueva área de investigación.

2026: la reprogramación parcial da el salto a los seres humanos

Y aquí encontramos uno de los acontecimientos científicos más interesantes de 2026.

La compañía estadounidense Life Biosciences está desarrollando una terapia experimental denominada ER-100, basada en reprogramación epigenética parcial.

A diferencia de la combinación original de cuatro factores de Yamanaka, esta estrategia utiliza tres:

OCT4, SOX2 y KLF4 (OSK).

Es decir, se elimina c-MYC, un factor relacionado con proliferación celular y cuyo uso plantea preocupaciones de seguridad.

La terapia está siendo investigada inicialmente para enfermedades del ojo relacionadas con daños en las células ganglionares de la retina y el nervio óptico.

Entre ellas se encuentran el glaucoma y la neuropatía óptica isquémica anterior no arterítica (NAION).

El primer paciente fue tratado en junio de 2026

El ensayo clínico de fase 1 de ER-100 ya ha dado un paso fundamental.

Según informó Life Biosciences, el primer paciente recibió el tratamiento el 9 de junio de 2026.

El objetivo inicial de esta primera fase no es demostrar que podamos rejuvenecer completamente a una persona.

La prioridad es mucho más prudente:

determinar si esta tecnología puede administrarse de forma segura y estudiar su tolerabilidad en seres humanos.

Los investigadores también pueden observar señales preliminares relacionadas con su posible actividad biológica, pero harán falta más pacientes, seguimiento y ensayos posteriores antes de saber cuál es realmente su eficacia.

¿Podría regenerarse el nervio óptico?

Esta es precisamente una de las razones por las que el ojo resulta tan interesante para comenzar este tipo de investigación.

Las células ganglionares de la retina envían información visual hacia el cerebro a través del nervio óptico.

Cuando estas células sufren daños importantes, su capacidad natural de regeneración es muy limitada.

Los experimentos preclínicos con reprogramación epigenética han producido resultados prometedores en modelos animales, incluyendo restauración de determinadas funciones celulares y mejoras relacionadas con lesiones del sistema visual.

Ahora llega la pregunta realmente importante:

¿ocurrirá algo parecido en seres humanos?

Todavía no lo sabemos.

Octubre de 2026: llegan los primeros datos

Life Biosciences anunció el 1 de octubre de 2026 que presentará datos provisionales iniciales del ensayo clínico de ER-100 el 8 de octubre de 2026.

Este punto es especialmente importante.

En el momento de escribir este artículo todavía sería incorrecto afirmar que la reprogramación epigenética ha conseguido rejuvenecer seres humanos o devolver la visión a pacientes.

Los primeros estudios clínicos deben demostrar primero que el procedimiento resulta suficientemente seguro.

Después será necesario comprobar su eficacia en grupos mayores de pacientes.

¿Podríamos utilizar esta tecnología para rejuvenecer todo el cuerpo?

Esa es probablemente la pregunta que muchos se estarán haciendo.

Si podemos modificar la edad epigenética de determinadas células, ¿podríamos hacer lo mismo con músculos, corazón, cerebro, piel u otros órganos?

Teóricamente, esta es una de las posibilidades que está impulsando la investigación sobre reprogramación celular.

Pero existe una enorme diferencia entre rejuvenecer determinadas características de células en un laboratorio y rejuvenecer de forma segura los billones de células de una persona.

El principal problema es el control.

Una reprogramación insuficiente podría no producir el efecto deseado.

Una reprogramación excesiva podría hacer que las células perdieran su identidad o provocar consecuencias potencialmente peligrosas.

Además, cada tejido podría necesitar diferentes niveles de reprogramación.

¿Estamos ante una futura medicina antienvejecimiento?

Es demasiado pronto para afirmarlo.

Actualmente no existe un tratamiento aprobado que permita utilizar los factores de Yamanaka para rejuvenecer personas sanas.

Tampoco existe evidencia clínica suficiente para afirmar que podamos reducir décadas la edad biológica de una persona.

Pero algo importante sí está cambiando.

Durante años, la reprogramación epigenética parcial fue principalmente una extraordinaria posibilidad observada en laboratorios y animales.

En 2026 hemos entrado en una nueva etapa: comprobar qué sucede cuando esta tecnología se utiliza de forma controlada en seres humanos.

Si los ensayos demuestran que puede realizarse de manera segura y posteriormente muestran beneficios terapéuticos, podrían abrirse nuevas líneas de investigación para enfermedades asociadas al envejecimiento.

Y quizá, a mucho más largo plazo, para intervenir sobre algunos de los propios mecanismos celulares del envejecimiento.

El verdadero legado de Yamanaka podría estar todavía por llegar

Cuando Shinya Yamanaka descubrió que era posible reprogramar células adultas, probablemente pocos podían imaginar todas las consecuencias que tendría aquella investigación.

Dos décadas después, la ciencia está intentando utilizar una versión mucho más controlada de aquella idea para conseguir algo todavía más sorprendente:

no convertir una célula adulta en una célula madre, sino intentar hacerla biológicamente más joven conservando su identidad.

Todavía estamos en las primeras etapas y quedan preguntas fundamentales sobre seguridad, duración de los efectos y eficacia.

Pero por primera vez algunas de esas preguntas están empezando a trasladarse del laboratorio a pacientes reales.

Y los resultados de estos primeros ensayos nos ayudarán a saber si la reprogramación epigenética parcial será simplemente una herramienta experimental extraordinaria o uno de los pilares de una futura medicina regenerativa.


 

lunes, 31 de agosto de 2026

Memoria celular: ¿ciencia o mito? ¿Pueden nuestras células guardar recuerdos?

agosto 31, 2026 0
Memoria celular: ¿ciencia o mito? ¿Pueden nuestras células guardar recuerdos?

 La ciencia ha demostrado que las células pueden conservar información sobre su pasado. Pero ¿pueden almacenar también experiencias, emociones o recuerdos? Investigamos qué sabemos realmente y qué continúa siendo una hipótesis.

Memoria celular: ¿puede nuestro cuerpo recordar cosas que nuestro cerebro ha olvidado?

Nuestro corazón late.

Nuestro hígado procesa sustancias.

Nuestro sistema inmunitario reconoce microorganismos que encontró años atrás.

Y billones de células trabajan constantemente sin que nosotros seamos conscientes de ello.

Pero existe una pregunta mucho más intrigante:

¿pueden nuestras células recordar?

La expresión “memoria celular” aparece frecuentemente relacionada con experiencias traumáticas, emociones e incluso sorprendentes historias de personas trasplantadas que aseguran haber desarrollado nuevos gustos después de recibir un órgano.

Algunas historias llegan mucho más lejos.

Personas que aseguran tener sueños desconocidos.

Nuevas preferencias musicales.

Alimentos que antes rechazaban y que después comienzan a gustarles.

O sensaciones que atribuyen al donante del órgano.

¿Estamos ante un fenómeno biológico todavía desconocido?

¿O simplemente ante coincidencias y cambios psicológicos provocados por una experiencia tan extraordinaria como recibir un trasplante?

La respuesta resulta especialmente interesante porque una parte de la memoria celular es ciencia perfectamente real y otra continúa siendo objeto de debate y especulación.

Primero: ¿qué significa realmente “memoria celular”?

Aquí encontramos la primera dificultad.

La expresión puede utilizarse con significados diferentes.

En biología, una célula puede conservar información sobre estados anteriores y utilizarla posteriormente.

Eso no significa que una célula recuerde unas vacaciones, una canción o el rostro de una persona.

Estamos hablando de información biológica.

Una célula puede mantener determinados patrones de actividad genética incluso después de que haya desaparecido el estímulo que los produjo.

Existen mecanismos epigenéticos capaces de mantener estados de expresión genética a través de divisiones celulares. La metilación del ADN, por ejemplo, puede actuar como una forma de memoria epigenética.

Por tanto:

sí existe memoria celular en biología.

Pero debemos tener mucho cuidado con lo que significa la palabra “memoria”.

Una célula puede recordar sin tener cerebro

Parece una contradicción.

Normalmente asociamos la memoria con nuestro cerebro.

Recordamos nuestro primer día de colegio.

Una canción.

Una persona.

Un lugar.

Pero biológicamente podemos utilizar un concepto más amplio de memoria:

almacenar información sobre un estado anterior y utilizarla posteriormente.

Las células pueden hacer algo parecido mediante diferentes mecanismos moleculares.

Incluso nuestro sistema inmunitario constituye un ejemplo extraordinario de cómo el organismo conserva información sobre encuentros anteriores con determinados patógenos.

Pero esto no significa que nuestras células tengan pensamientos.

Tampoco conciencia.

Ni pequeños recuerdos escondidos dentro de ellas.

La epigenética: una de las claves

Para comprender la memoria celular debemos hablar de epigenética.

Nuestro ADN contiene las instrucciones genéticas de nuestras células.

Pero tener una determinada secuencia genética no significa que todos los genes estén continuamente funcionando de la misma manera.

Las células utilizan diferentes mecanismos para regular qué genes están más o menos activos.

Entre ellos encontramos modificaciones químicas del ADN y de las proteínas asociadas a él.

Una de las más estudiadas es la metilación del ADN.

Algunos de estos patrones pueden mantenerse durante divisiones celulares.

Es como si la célula conservara una pequeña anotación molecular:

“este programa estaba activado”

o

“este programa debía permanecer silenciado”.

La literatura científica utiliza precisamente el concepto de epigenetic memory, memoria epigenética, para describir determinados fenómenos de este tipo.

Entonces, ¿nuestras experiencias pueden modificar nuestras células?

Nuestro organismo responde continuamente al entorno.

Nutrición.

Actividad física.

Enfermedades.

Hormonas.

Sustancias ambientales.

Estrés fisiológico.

Edad.

Muchos factores pueden relacionarse con cambios en la regulación genética y otros procesos celulares.

Pero aquí debemos evitar una simplificación muy popular.

No significa:

“cada experiencia queda grabada permanentemente en nuestras células”.

La epigenética es muchísimo más compleja.

Algunas modificaciones son transitorias.

Otras pueden durar más tiempo.

Algunas aparecen solamente en determinados tejidos.

Y establecer que una experiencia concreta haya provocado directamente una modificación epigenética determinada puede resultar científicamente muy difícil.

¿Y las emociones?

Aquí entramos en un terreno donde suelen mezclarse ciencia y afirmaciones exageradas.

Una emoción produce cambios reales en nuestro organismo.

El cerebro, el sistema nervioso, las hormonas, el sistema inmunitario y otros sistemas se comunican constantemente.

Por tanto, nuestras experiencias psicológicas pueden estar acompañadas de respuestas fisiológicas.

Pero decir eso es muy diferente a afirmar:

“una célula guarda el recuerdo concreto de una discusión que tuvimos hace veinte años”.

No existe evidencia científica sólida de que una célula de nuestro hígado o nuestro corazón almacene un recuerdo autobiográfico de esa manera.

Nuestros recuerdos personales están profundamente relacionados con redes neuronales y procesos moleculares del cerebro.

Pero entonces aparece uno de los mayores misterios: los trasplantes

Aquí la historia se vuelve fascinante.

Desde hace décadas existen relatos de personas que, después de recibir un órgano, especialmente un corazón, aseguran experimentar cambios.

Nuevos gustos.

Cambios emocionales.

Preferencias alimentarias diferentes.

Sueños extraños.

Incluso sensaciones que algunas personas interpretan como recuerdos procedentes del donante.

Y estos testimonios han generado una pregunta extraordinaria:

¿podría un órgano transportar algún tipo de información del donante?

Los sorprendentes estudios con receptores de corazón

En 1992 se publicó un estudio realizado con 47 receptores de trasplante cardíaco.

El 79 % declaró que su personalidad no había cambiado.

Un 15 % consideró que sí había cambiado, pero atribuyó esos cambios a haber vivido una experiencia potencialmente mortal.

Solamente tres personas, aproximadamente el 6 %, atribuyeron directamente cambios de personalidad al nuevo corazón.

Este estudio es interesante precisamente porque demuestra lo fácil que sería exagerar el fenómeno.

Sí existen testimonios.

Pero eso no demuestra que el corazón haya transferido recuerdos.

El polémico estudio de diez trasplantados

En el año 2000 apareció otro trabajo que se hizo especialmente conocido.

Los investigadores entrevistaron a diez receptores de corazón o corazón-pulmón, además de familiares y personas relacionadas con receptores y donantes.

Describieron paralelismos entre algunos cambios experimentados por los receptores y características de sus donantes.

Entre ellos aparecieron preferencias relacionadas con alimentos, música, actividades y determinadas experiencias sensoriales.

El trabajo propuso que la posibilidad de una memoria celular merecía ser investigada.

Pero debemos entender algo fundamental:

diez casos no demuestran que los recuerdos puedan viajar dentro de un corazón.

Investigaciones más recientes continúan encontrando cambios

El asunto no desapareció.

Un estudio publicado recientemente entrevistó a receptores de trasplante cardíaco y a familias de receptores y donantes.

Encontró importantes cambios psicológicos y de estilo de vida después del trasplante, y algunos receptores mostraron características parcialmente similares a las de sus donantes.

Sin embargo, las mediciones de personalidad utilizadas en el estudio no mostraron correlaciones significativas entre receptores y las familias correspondientes de los donantes.

Los propios investigadores concluyeron que era necesaria más investigación.

Es decir:

tenemos un fenómeno interesante.

Pero todavía no una demostración de transferencia de personalidad.

¿Qué otras explicaciones existen?

Recibir un trasplante no es una experiencia cotidiana.

Una persona puede haber estado gravemente enferma.

Puede haberse enfrentado a la posibilidad de morir.

Después llega una operación enorme.

Medicamentos.

Cambios físicos.

Recuperación.

Una nueva expectativa de vida.

Y además existe una realidad psicológica extraordinariamente poderosa:

saber que dentro de nuestro cuerpo existe un órgano que perteneció a otra persona.

Todo eso puede modificar la forma en que una persona se percibe a sí misma.

Los estudios psicológicos sobre receptores de corazón han encontrado precisamente cuestiones relacionadas con identidad, emociones y adaptación al órgano recibido.

También existen medicamentos que debemos considerar

Las personas trasplantadas necesitan tratamientos médicos importantes, incluidos medicamentos inmunosupresores.

Además pueden experimentar cambios en salud, sueño, alimentación, actividad física y estado psicológico.

Todos estos factores pueden influir sobre comportamiento, emociones y preferencias.

Por eso científicamente resulta extremadamente difícil afirmar:

“este cambio procede del donante”.

Necesitamos descartar muchas otras explicaciones.

¿Podría existir algún mecanismo biológico todavía desconocido?

Esta es la pregunta que mantiene abierto el debate.

Se han propuesto diferentes hipótesis relacionadas con:

epigenética, ADN, ARN, proteínas, comunicación entre órganos, sistema inmunitario y conexiones entre corazón y sistema nervioso.

Algunos investigadores han propuesto que alguno de estos mecanismos podría participar en los cambios observados después de los trasplantes.

Pero una hipótesis científicamente plausible no es lo mismo que un fenómeno demostrado.

Y actualmente no existe evidencia concluyente de que un órgano trasplantado transfiera recuerdos autobiográficos del donante al receptor. Una revisión de la literatura disponible hasta junio de 2025 llegó precisamente a esa conclusión: existen relatos y posibles mecanismos que merece la pena estudiar, pero las pruebas siguen siendo inconclusas.

El gran problema de los casos sorprendentes

Imaginemos esta situación.

Una persona recibe un corazón.

Después comienza a gustarle el chocolate.

Más tarde descubre que al donante también le gustaba.

Parece extraordinario.

Pero debemos preguntarnos:

¿Cuántas personas disfrutan del chocolate?

¿Conocía previamente alguna información sobre el donante?

¿Cuántas preferencias cambiaron que no coincidían?

¿Se preguntó lo mismo a miles de personas trasplantadas?

¿La información fue registrada antes de conocer las características del donante?

Estas preguntas son fundamentales.

Porque nuestro cerebro es extraordinariamente bueno encontrando patrones y coincidencias.

¿Cómo podríamos demostrarlo científicamente?

Necesitaríamos diseñar un experimento mucho más riguroso.

Por ejemplo:

evaluar detalladamente a donantes vivos y receptores antes del trasplante.

Registrar preferencias, personalidad y otros parámetros.

Después realizar evaluaciones periódicas del receptor.

Y comparar los resultados sin que quienes los analizan sepan qué características pertenecen a cada donante.

Además necesitaríamos muchos participantes y grupos de control.

Precisamente la ausencia de suficientes estudios prospectivos rigurosos constituye una de las principales limitaciones de esta área de investigación.

Entonces, ¿la memoria celular es real o no?

La respuesta depende de qué entendamos por memoria celular.

SÍ: existe memoria celular biológica

Las células pueden conservar información sobre estados anteriores.

La epigenética proporciona ejemplos claros.

Determinados patrones moleculares pueden persistir incluso después de múltiples divisiones celulares.

NO ESTÁ DEMOSTRADO: recuerdos personales almacenados en órganos

No tenemos evidencia concluyente de que nuestro corazón, hígado o riñón almacenen recuerdos autobiográficos equivalentes a los almacenados mediante los sistemas neuronales del cerebro.

NO ESTÁ DEMOSTRADO: transferencia de personalidad mediante un trasplante

Existen testimonios y algunos estudios interesantes.

Pero actualmente no podemos afirmar científicamente que recibir un corazón pueda transferir gustos, recuerdos o personalidad del donante.

Y precisamente ahí está lo fascinante

La ciencia no necesita responder inmediatamente:

“imposible”.

Pero tampoco debe responder:

“es verdad porque existen testimonios”.

Puede responder algo mucho más interesante:

“todavía no tenemos pruebas suficientes; investiguémoslo”.

La historia de la ciencia está llena de fenómenos que tardamos décadas en comprender.

Algunos terminaron siendo reales.

Otros desaparecieron cuando los experimentos mejoraron.

Y otros resultaron ser muchísimo más complejos de lo que originalmente imaginábamos.

Nuestro cuerpo almacena más información de la que imaginábamos

Lo que sí sabemos actualmente ya es extraordinario.

Una célula no es simplemente un pequeño ladrillo utilizado para construir nuestro cuerpo.

Es un sistema biológico increíblemente complejo.

Recibe señales.

Procesa información.

Modifica su actividad.

Se comunica con otras células.

Y puede conservar determinados estados moleculares a lo largo del tiempo.

Incluso organismos sin cerebro pueden mostrar formas biológicas de almacenamiento y respuesta a información previa. Una revisión reciente sobre memoria celular reúne precisamente numerosos mecanismos de almacenamiento de información fuera de la memoria sináptica tradicional.

Conclusión: ciencia real rodeada de un misterio todavía sin resolver

¿Existe la memoria celular?

Sí, si hablamos de memoria biológica y molecular.

¿Nuestras células recuerdan acontecimientos como nuestro cerebro?

No tenemos pruebas de ello.

¿Puede un corazón trasplantado transmitir los recuerdos de su donante?

Actualmente no está demostrado.

¿Merece la pena continuar investigándolo?

Sin duda.

Porque detrás de las historias más extraordinarias sobre trasplantes existe una cuestión científica mucho más profunda:

¿hasta qué punto nuestro cuerpo almacena información sobre nuestra historia?

Sabemos que nuestro cerebro recuerda.

Sabemos que nuestras células conservan información.

Lo que todavía estamos intentando descubrir es dónde termina una cosa...

y dónde comienza la otra.